“Családi tűzfészek”

Director: Béla Tarr

Guion: Béla Tarr

Año: 1977

No es necesario hacer una introducción de los tiempos en los que estamos viviendo ya que no solo son de público conocimiento, sino que también son de mutua vivencia. El COVID-19 o Coronavirus, como quieran llamarlo, produjo cambios radicales en las vidas y en las relaciones de las personas. El aislamiento como la distancia social plantean nuevas miradas sobre la cotidianeidad, a la vez que revelan que catástrofes como esta nunca fueron planeadas ni pensadas. En el imaginario colectivo pensar en una pandemia tan abrupta era cosa del pasado. Para poner un ejemplo claro, e incluso difícil de aceptar, si uno lee “Diario del año de la peste”, la reconocida novela de Daniel Defoe, va a notar que muchas actitudes y decisiones frente al coronavirus no se diferencian de las que tomaban en su época las personas frente a la gran plaga.

            No es extraño pensar que las cosas, en plural, van a cambiar ni bien termine esta pesadilla que acecha todavía en algunos países. Nuevas formas de trabajo, de disposición de la economía, de concepción y realización del arte e incluso miradas sobre la vida personal y propia van a tomar otro rumbo. En nuestro caso nos centramos en las últimas dos. En cuanto al arte y más específico en el cine sin duda se van a tomar nuevas medidas frente al rodaje. ¿Cómo afrontar un rodaje donde la distancia social es imposible, los movimientos de dispositivos, grips, utilería, e incluso de personas es constante? Estos son algunos problemas para pensar pero que por suerte se están resolviendo de a poco. El DAC (Directores Argentinos Cinematográficos) ya planteó y dispuso propuestas para volver lo antes posible a la tan necesaria creación cinematográfica.

            En cuanto a la concepción narrativa y analítica nos queda aceptar que durante los próximos años van a salir de forma casi mecánica miles y miles de películas sobre pandemia. Pero lo más interesante para pensar es como va cambiar la mirada analítica. Ya no poseemos aquella mirada de constante libertad que poseíamos, ahora poseemos una mirada que vivió en carne propia el aislamiento de largo tiempo. Pensar que son la misma mirada y la misma forma de pensar es caer en un error. La experiencia nutre y modifica nuestra concepción sobre el mundo. Hace un tiempo leí un breve ensayo que ejemplificaba estos pensamientos de una forma divertida e interesante. Dicho ensayo planteaba como uno piensa las películas mientras atraviesa la pandemia. Uno de todos los ejemplos era: si uno mira ahora “Tangerine” de Sean Baker y en especial una de las escenas donde las protagonistas caminan por la calle, salta a la vista de que estas caminan ampliamente separadas. Antes de la pandemia, uno podía decir que en esa separación al caminar se establecía la disputa y futuro conflicto que tienen entre sí.  En cambio, en la pandemia ya no se ve eso, sino que se denota la distancia social que mantienen para no contagiarse. Si bien es planteado con cierto humor es interesante pensarlo como un cambio en la percepción de las películas.

            Muchos psicólogos anuncian las futuras rupturas de parejas tras el aislamiento. El constante estar junto al otro puede causar molestia, ya sea porque se descubre una faceta desconocida o porque simplemente aburre. Hay que tener en cuenta que en una pareja típica estereotipada en la que ambos tienen un trabajo fijo de 8 horas diarias, termina siendo muy reducido el tiempo compartido con el otro en la casa. En las familias pasa algo parecido lo único que cambia es que se suma el factor de que hay más gente, y dependiendo del estatuto económico aquel espacio habitado puede ser amplio o reducido. En el caso de ser amplio la interacción será menor y posiblemente mejor, en cambio en un espacio reducido la cosa se complica. La privacidad, el querer distanciarse pueden desaparecer.

            Esta problemática de la institución familiar en un espacio reducido es lo que vamos a pensar en la película que nos atañe en este escrito: “Családi tűzfészek” (Nido familiar) de Béla Tarr. (En mi caso para no caer en la locura del aislamiento decidí revisar las filmografías de directores que me interesan/gustan para entender mejor sus obras. Lista que contempla a autores como Tarr, Lav Diaz, Pedro Costa, Matías Piñeiro, Apichatpong Weerasethakul y Hong Sang-soo).

            “Családi tűzfészek” es la opera prima de Tarr, la hizo casi sin plata, con no actores que tampoco cobraron porque eran amigos y en locaciones bastante interesantes. Por ser la opera prima no nos extraña que no estén los rasgos que uno puede pensar que el realizador tiene, es decir, sus marcas autorales. La película, a diferencia de las ultimas, esta inhabitada de aquellos planos secuencia de altísima duración característicos de él, como también de los silencios, los planos fijos e incluso de los planos generales de seguimiento por la espalda de las caminatas de los personajes. En cambio, abunda la cámara en mano y los planos cortos, uno puede pensar rápidamente incluso en un estilo documentalista.

            Para contextualizar el por qué Tarr usa esta puesta en escena es fundamental saber de qué trata la película. El film nos narra los conflictos de una joven pareja que no puede mantener su propio hogar y se ven obligados a compartir habitación con los padres de él. Con esta simple idea el realizador nos mantiene sentados dos horas.

            En este punto debe ser claro la decisión de la puesta en escena. La película se construye enteramente en base a primeros planos y planos medios, solo hay dos planos generales que se encuentran al principio. La narración fluye y avanza por discusiones y conflictos entre los miembros de esta familia que se ven obligados a habitar un espacio limitado. Los dos grandes opuestos son el jefe de la familia, es decir el padre del joven de la pareja, y su respectiva nuera, la cual si bien quiere prosperar en su vida (tener un piso propio) se ve imposibilitada por los contextos socio políticos que atraviesa Budapest.

            Los primeros planos, indiscutiblemente, nos trasmiten esa sensación de asfixia y encierro. Las cabezas ocupan todo el encuadre, el espacio junto al aire desaparecen o son diminutos. La disposición de la casa es extraña no se llega a entender, solo sabemos que queremos respirar y huir de allí, pero Tarr no nos deja. Incluso cuando logramos salir nos encierra aún más, cuando la protagonista acude a pedir un piso la cantidad de gente nos vuelve a encerrar a tal punto de que nos prohíbe ver unos segundos.

            Si aparece aquella ligera brisa de descanso que es el movimiento de cámara de un primer plano a otro en un dialogo, este se ve abruptamente cortado por la respuesta del padre colérico. Lo cual nos devuelve la sensación de hartazgo por la discusión la cual junto al plano cerrado no nos deja respirar. Al parecer la única posibilidad de escape se encuentra en pasar de una discusión a otra, ya sea en la familia o contra los burócratas decididamente carentes de empatía.

            Los dos únicos planos amplios que se encuentran al principio se oponen con respecto a los planos siguientes no solo por su tamaño sino también por su contenido. Uno de estos nos muestra una Budapest que se mueve al ritmo del trabajo, al ritmo del progreso. Nos muestra un tren que avanza como la ciudad. Mientras que el plano general nos cuenta esto, el primer plano nos va a relatar los verdaderos problemas sociales que viven las familias de bajo recursos en Budapest. Tarr nos muestra como los problemas económicos y sociales afectan la vida íntima de nuestros protagonistas. Uno puede encontrar un respiro y una ligera felicidad (¿Cómo se filma la felicidad? Una pregunta tan difícil para pensar) en un plano medio donde tras la vuelta del hijo, este con su mujer y su hija asisten a un parque de entretenimiento y disfrutan. Un ligero momento de descanso entre tanta discusión.  

            La película arranca con una frase que dice: “Es una historia verdadera. No le sucedió a la gente de la película, pero les podría haber pasado”. Una sentencia tan dura. ¿Se puede pensar hoy en la sensación de asfixia que algunas familias sufren por ser numerosas y estar en un espacio reducido?. Las discusiones que se desatan a lo largo de la película fácilmente uno puede pensarla como una discusión actual y en especial en este momento donde es constante la convivencia. “Családi tűzfészek” excede la ficción y el documental, sin duda se denota el futuro prodigioso que va a tener Tarr. Pero también se puede ver como en el año de su estreno se denunciaba una problemática y ahora con la mirada de la pandemia se la concibe de otra forma.

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