Director: Jérémy Clapin

Guion: Jérémy Clapin – Guillaume Laurant

Año: 2019

Rosalie pertenece a un joven llamado Naoufel. Ella es su mano derecha. Pero un día, una sierra circular los separa. Rosalie despierta en la heladera de una escuela de medicina donde está esperando ser estudiada, decidida a reunirse con su cuerpo decide escapar. Mientras huye, esquivando trampas y evitando el peligro en la ciudad, Rosalie recuerda su vida con Naoufel. Cuando ella lo encuentra, él está en un estado terrible. Ella decide darle una “mano” en el cumplimiento de su destino, que se llama Gabrielle.

J’ai perdu mon corps es el primer largometraje de Jérémy Clapin. El realizador francés debuta con una ópera prima de lo más notable que dialoga con trabajos previos y con premisas que demuestran una marca autoral. Tras una historia de lo más original se esconde una reflexión poética universal que llega a todos los espectadores. La originalidad que posee Clapin no solo se puede observar en sus cortometrajes previos, sino que también en la manera de usar una mano como metáfora del pasado. Tanto en su magnífico cortometraje Skhizein como en J’ai perdu mon corps se muestra un alejamiento del ser como ente completo, una disociación entre cuerpo y psique originada por un trauma.

En Skhizein se aborda la historia de un hombre separado 81 centímetros de su cuerpo tras el impacto de un (hipotético) meteorito. Este drama es abordado desde un punto de vista existencialista. Mientras que el notable largometraje se presenta y se desarrolla como un filme de aventuras urbanas que protagoniza una mano en busca de su dueño, una historia de amor juvenil y una especie de manual de ayuda sobre cómo superar la pérdida. Usando como metáforas estas historias Clapin se nos revela como un autor con un discurso personal nítido y asombroso.

Si bien la historia de Skhizein se muestra distanciada de J’ai perdu mon corps, en un análisis profundo se puede observar como ambas trabajan la misma idea.  En el cortometraje, el alejamiento del ser como ente completo funciona gracias al estar el personaje separado 81 centímetros de su cuerpo. En el largometraje, la mano en representación del ser está alejado del cuerpo que representa el ente completo. Mientras que en Skhizein el trauma es generado por el impacto de un meteorito, en J’ai perdu mon corps es la pérdida de su mano el trauma que acecha a nuestro protagonista. En ambos casos este trauma no es casual, sino que deviene como consecuencia de alguna característica de nuestro personaje. En el primero, es la propia soledad del protagonista y su sugerida incomodidad social las que crean, en cierto sentido, el meteorito destinado a impactar con el edificio en el que vive su monótona existencia. En el segundo, la carga del pasado del protagonista, su vida lejos de su país de origen, sus mismas vivencias familiares crean las condiciones para que el extrañamiento corporal suceda de forma inevitable.

Rosalie, la mano de Naoufel, es metafóricamente el pasado del protagonista. Un pasado que es necesario aceptar y superar para poder avanzar. Un pasado que, al igual que nuestro protagonista buscando a Gabrielle, atraviesa Paris para buscarlo. Cuando Naoufel, luego de ya haber perdido la mano, se recuesta en la cama y vuelve a escuchar las cintas que grabo de niño está reencontrándose con su pasado. Un pasado que, al igual que la mano en esa escena, se esconde tímidamente pero que es necesario observar o en este caso escuchar. Ya habiendo aceptado ese pasado y habiendo superado el trauma nuestro protagonista se puede liberar y la mano lo deja de buscar. De todas formas, ese trauma del pasado es aceptado y superado en dos instancias diferentes. Cuando vuelve a escuchar la grabación se reencuentra con su pasado. Cuando ya hacia el final de la película el protagonista en el techo del edificio graba sobre aquella cinta el viento, no solo está aceptando ese pasado, sino que lo está superando y resignificándolo. Naoufel se desliga de la culpa de haber matado a sus padres.

 Jérémy Clapin a través de una historia original, de una narración melancólica que juega con diferentes líneas temporales, una animación destacable y un notable montaje que mediante encadenamientos en movimiento logra acompañar aquella melancolía sin abandonar momentos animados majestuosos, consigue crear un film que nos habla sobre un pasado melancólico, romántico, triste, feliz y de aprendizajes, pero más que nada sobre un pasado que es necesario aceptar para poder seguir adelante.

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